Los trastornos de ansiedad se han convertido en la patología psiquiátrica más frecuente en la población general. La ansiedad es una respuesta emocional compleja. Se trata de una reacción potencialmente adaptativa, defensiva e instantánea que se pone en marcha ante situaciones de peligro. Por lo tanto no se trata de una condición patológica, a no ser que por su intensidad, frecuencia y duración sean desproporcionadas, genere un sufrimiento importante y una limitación en la vida normal de la persona. Esta reacción de ansiedad posee una triple respuesta: fisiológica, cognitiva y conductual.

La ansiedad fue reconocida como entidad diagnóstica a finales del siglo XIX. En 1980, la APA recogía el concepto de trastornos de ansiedad en la clasificación DSM-III. El DSM-IV (APA 1995) especifica 12 trastornos de ansiedad distintos, como el trastorno de angustia, la agorafobia, la ansiedad generalizada, las fobias específicas o el trastorno por estrés postraumático, entre otros.

Además existe una gran variedad de patología médica no psiquiátrica (endocrina, neurológica, etc) que cursa con sintomatología ansiosa, por lo que ante la presencia de síntomas es necesario realizar los análisis que avalen un correcto diagnóstico.

El tratamiento de elección para estos trastornos no es necesariamente farmacológico. Estudios recientes han mostrado que dependiendo del trastorno y la intensidad de los síntomas, la terapia psicológica es en muchos casos, tan efectiva o más que el tratamiento farmacológico.

Para el tratamiento farmacológico existe una gran variedad de opciones, como los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS), benzodiacepinas de alta potencia, antidepresivos tricíclicos (ADT) e inhibidores de la MAO, no selectivos y selectivos. El tratamiento farmacológico y/o las psicoterapias cognitivas y conductuales han mostrado ser en la actualidad el abordaje más eficaz, aumentado de forma importante las posibilidades de tratamiento.

En general los trastornos de ansiedad tienen mayor prevalencia en mujeres, una elevada comorbilidad entre ellos, un carácter que puede ser crónico, episódico o recurrente, y una etiología multifactorial en la que intervienen la predisposición genética y biológica (ansiedad endógena), los aprendizajes previos (ansiedad exógena), y las señales del entorno (ansiedad situacional).

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